HUMILDAD, EXCELENCIA DEL ALMA



La humildad es  semilla  difícil de sembrar, que precisa de un terreno fértil para madurar.
Liberar al alma de  lo superfluo,  sin ego, sin pretensiones. Un corazón virtuoso.

Aceptar nuestra naturaleza y limitaciones, sin pretender ser lo que no somos, viviendo con total autenticidad.
Sin pregonar nuestros logros, o el magnífico corazón que poseemos,  pero sin olvidar nuestro valor. Aceptando a los demás como lo que son, por lo que son: “Esencia divina, chispa creadora de Dios en nosotros:”

Reconocer nuestros errores y enmendarlos, apreciar el valor de los demás.
No somos dueños  de la verdad. Hasta los niños tienen mucho que enseñarnos, si nos permitimos la oportunidad de escucharlos.

Aprender de los demás  abriendo el corazón para escuchar las verdades del alma,  sin luchas de egos, solo dejándonos ser como en realidad somos:
“Creaciones maravillosas de Dios.”

El alma carece de ego, no pretende ser, porque simplemente ya es.
Potenciar nuestras virtudes como la sencillez, autenticidad,  honestidad, perseverancia, y la humildad, entre otras más, es muy loable, en el proceso de aprendizaje que nuestra alma experimenta.

La humildad como excelencia del alma, requiere de un proceso de instrospección  exaustivo y profundo,  que conlleva confrontarnos con nosotros mismos,  y con las verdades intrínsecas del alma.

Recorrer un largo camino, un profundo aprendizaje que se desarrolla en los lugares más inhóspitos del alma.
 Liberándonos  del ego, la prepotencia, la soberbia, el resentimiento, y todo aquello que impida al alma evolucionar, buscando ser humildes de corazón. Una proeza para alcanzar, pero no imposible de conseguir.

Lucía Uozumi.
(Derechos Reservados)