Y A TI... ¿QUIÉN TE DA LA MANO?





Negar la existencia del dolor es querer tapar el sol con un dedo. Es necesario poder expresar nuestros sentimientos más profundos sin miedo a ser juzgados y rechazados.

Quizá en alguna ocasión nos hemos sentido al borde del abismo, hasta el límite, sin encontrar salida, sintiéndonos los seres más solitarios del planeta. Cuando los problemas nos rebasan y creemos desfallecer; cuando estamos expuestos a situaciones traumáticas, irreversibles y desgarradoras para todos los involucrados, en los que manejar el sentimiento de culpa, la impotencia, el dolor después de la perdida, son procesos difíciles que nos dejan devastados y de los cuales cuesta mucho salir, en ese momento es necesario sentir una mano amiga, el amor, compañía y comprensión de los seres queridos, buscar la ayuda oportuna, entre otras, para emerger poco a poco y sobrellevar esa difícil prueba. Saber que no estamos solos, que somos importantes y amados por alguien hace la diferencia.

Reflexionar, ser introspectivos, sensibles a los sentimientos y necesidades de los demás, solidarios ante el dolor, ponernos en la situación del que está padeciendo, es algo que todos deberíamos hacer.
En algún instante nos tenemos que enfrentar a las crisis que forman parte del proceso evolutivo. Creer en una misma, seguir luchando. El apoyo de las personas que nos aman es fundamental para superarlas, hacer los cambios necesarios y salir renovados.

Todos llevamos nuestras cargas personales, no son mejores ni peores, ni más grandes ni más pequeñas, son las que nuestra alma es capaz de soportar. Somos los seres idóneos para vivir esas experiencias personales, obtener la información necesaria de ellas, renovarnos y continuar con nuestras vivencias individuales. (Senda de vida.)

No podemos cambiar una sociedad, quizá tampoco a otros seres humanos, pero sí a nosotros mismos, mejorando cada día, haciendo pequeños cambios positivos, modificando nuestra mentalidad, asumiendo retos, adaptándonos, superándonos a nosotros mismos, aprendiendo de nuestros errores, exigiéndonos más, estando abiertos a todas las posibilidades sin quedarnos anclados al pasado. El cambio debe darse desde el interior del ser asumiendo la responsabilidad de nuestros actos y las consecuencias de los mismos. Las cadenas están en nuestra mente y debemos liberarnos de ellas.


Tenemos derecho a equivocarnos, a rectificar y a una segunda oportunidad. Debemos perdonar como queremos ser perdonados, comprender y ponernos en el lugar del otro, ver desde su perspectiva, para comprender sus razones. Olvidar, no guardar resentimiento, dejar en el pasado todas las reencillas y malos entendidos, para abrirnos a la vida y a nuevas experiencias.
El acto de perdonar nos libera de cargas innecesarias, es un regalo para nosotros, y para quien lo recibe, tiene poderes mágicos y es un bálsamo para el alma herida.

Es tiempo de aceptarnos tal y como somos, reconocer nuestra propia verdad, sin vivir de apariencias, asumiendo nuestra realidad, con nuestras carencias y limitaciones, prestos a encarar los retos y viviendo con autenticidad.

Viajar ligero de equipaje, sin el lastre del pasado, soltar, liberar, dejar ir, perdonar, vivir el minuto presente, y entregarle todo a Dios, lo bueno, lo malo, las cargas y... confiar, porque si todo está en Sus Manos, no hay por qué preocuparse, eso seria una falta de fe y una pérdida de energía.
Dios es amor. El amor es la única respuesta y su poder es infinito. Es lo único que nos salva, le da sentido a la vida que merece ser vivida con, en, y por el amor.
Fluir siempre con lo mejor de nuestro corazón, dejando que se exprese y nos guíe.

Autora:
Lucía Uozumi.
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