TÚ Y YO, LA UNIÓN PERFECTA




El cielo tachonado de estrellas, la luna como marco y la noche fresca y clara.

Un suave viento agitó las copas de los árboles; las luciérnagas  iluminaron el estrecho sendero,  por donde  a grandes zancadas, se desplazó Adolfo, que a pesar sus cabellos blancos y los surcos de su rostro curtido, aún se conservaba ágil y fuerte. A su lado, Ron, espantó los zancudos con los fuertes latigazos de su cola. 

Rón se detuvo de tanto en tanto, para ladrarle a las ranas que veloces saltaban de rama en rama ante su sorpresivo  ataque.  Levantó su hocico negro y húmedo y exploró el ambiente; sus orejas cafés se tensaron, sus músculos se contrajeron, sus ojos, color miel, se encontraron con los de su amo. Algo le inquietó, emitió un aullido lastimero y se negó a continuar. 

Los sonidos del bosque y sus habitantes nocturnos, el croar de las ranas y el rugir de los animales salvajes que se escuchaban cerca. En la lejanía, el rumor  de las aguas  del río al caer en cascada, desde el peñasco cercano. 

Adolfo detuvo su paso, se arrodilló junto a Rón, deslizó su mano por el lomo del animal que temblaba como una hoja al viento y lo abrazó;  acarició el suave pelaje y le habló con voz queda y dulce:

―Tranquilo cachorro, vamos, ya va casi llegamos.

Ron ladró, y con la lengua, lamió el rostro de Adolfo que quedó empapado de babas.
La caricia reconfortó al cachorro, y le hizo entrar en calor; luego de algunos minutos ambos continuaron la marcha hasta llegar al claro del bosque.

Adolfo, con el corazón agitado y manos temblorosas, procedió a limpiar un pequeño montículo que estaba cubierto de ramas. Frotó el medallón negro en forma de media luna, que pendía de su cuello, pronunció unas palabras en un idioma desconocido y esperó.

Rodeó con suavidad los bordes del montículo rocoso  y una parte del mismo, se desplazó hacía su izquierda, dejando al descubierto un recinto iluminado. 

Durante varios minutos contempló  la noche, donde la luna enorme, brillaba con destellos fosforescentes y las estrellas refulgían. 

«Era una noche mágica y especial»  pensó Adolfo. Un leve temblor le recorrió su espina dorsal, el sudor perló su frente, los bellos de su cuerpo se erizaron y su corazón latió más desacompasado. El silencio cubrió el bosque con su manto.

Cerró los ojos, respiró profundo, llevó las manos a su corazón, y pronunció una extraña oración en el mismo idioma indescifrable. Miró de nuevo la luna en lo alto del firmamento. Acto seguido, Adolfo y su mascota entraron. 
Ron olfateó el piso de piedra, se detuvo unos segundos; ladró a su dueño, buscó un rincón cálido y se quedó dormido.

Minutos después, Patricia descendió con suavidad en el interior. Su silueta etérea, menuda y grácil, sus cabellos rojizos y su rostro ovalado emitían potentes destellos de luz. 
Con pasos suaves y acompasados se dirigió hacía él. Se fundieron en un beso profundo y eterno. Al contacto, ambos se transformaron en única esencia.

El fuego de la hoguera ardía como la pasión que los consumía. Sus cuerpos se hicieron uno. Sus almas tenían un lenguaje común. La noche fue cómplice, y el amor hizo el resto.

―Es hora. ―dijo ella, adhiriendo su cuerpo desnudo, al suyo, que le buscaba con ansías.
―¿Por qué tardaste tanto, Paty querida?
―Querido mío, el tiempo no existe. Nos hemos amado vida tras vida.

En el centro de sus turgentes senos pendía un medallón de color rosa en forma de media luna, igual al que guardaba Adolfo, en su torso. Fusionándose en uno, unieron las mitades de ambas joyas que se acoplaron a la perfección. El ying y el yang, la unión perfecta.

Haces de luz iluminaron la estancia.  Al abandonar el lugar, sus figuras translúcidas irradiaban. Ron saltó a los brazos de ambos. 
Así, unidos, se desplazaron y empezaron a ganar altura, brillando en el firmamento. Dos, haciéndose el amor por siempre. Tú y yo.

Autora:
Lucía Uozumi.

(Derechos Reservados) 



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